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Tendencias 31 ago 2026 10 min de lectura

La turbulencia de la IA: prepararnos para una nueva ola de oportunidades

La inteligencia artificial genera incertidumbre, pero también abre una nueva ola de oportunidades. Comprender el cambio, desarrollar capacidades y adaptar las instituciones son los desafíos de quienes comienzan su trayectoria.

Joven mirando un horizonte digital de oportunidades y turbulencia tecnológica, con formas abstractas de inteligencia artificial

Cada gran revolución tecnológica ha transformado mercados, organizaciones, empleos, instituciones y, finalmente, nuestra manera de vivir. La máquina de vapor y la mecanización modificaron radicalmente la producción desde fines del siglo XVIII. Más tarde llegaron el ferrocarril, la electricidad, la producción en masa, el automóvil y, finalmente, las tecnologías de la información y la comunicación. Cada una de estas transformaciones abrió enormes posibilidades de progreso, pero ninguna ocurrió de manera ordenada.

La historia de la innovación parece enseñarnos algo importante: antes de que una nueva tecnología se vuelva cotidiana, suele existir un período de incertidumbre, experimentación y reacomodo. La inteligencia artificial probablemente no está siendo una excepción.

Las revoluciones tecnológicas necesitan tiempo para encontrar su lugar

Una de las explicaciones más interesantes sobre estos procesos de cambio sociotécnico nos la ofrece la profesora Carlota Pérez, investigadora vinculada a la tradición neoschumpeteriana y a SPRU, la Science Policy Research Unit de la Universidad de Sussex.

En su libro Technological Revolutions and Financial Capital (2002), Pérez estudia las grandes revoluciones tecnológicas como oleadas de desarrollo que se despliegan durante varias décadas. Cada revolución comienza con una fase de irrupción e instalación, en la que nuevas tecnologías, empresas e infraestructuras comienzan a desafiar las formas establecidas de producir y organizar la economía.

Se multiplican las inversiones, nuevos actores intentan capturar oportunidades, las tecnologías avanzan más rápido que las instituciones y comienza a producirse un desacoplamiento entre el nuevo paradigma tecnológico y las estructuras económicas, regulatorias y sociales construidas para el paradigma anterior.

Pérez plantea que el despliegue completo del potencial creador de riqueza de una revolución tecnológica requiere finalmente un marco socioinstitucional capaz de acompañarla. El problema es que las instituciones existentes fueron diseñadas para las tecnologías anteriores y, por tanto, el proceso de ajuste puede ser complejo, prolongado y socialmente doloroso.

Sin embargo, el reacomodo puede dar paso a otra etapa: el despliegue, cuando las nuevas tecnologías comienzan a difundirse transversalmente por la economía, se integran a las prácticas productivas y empiezan a materializar buena parte de su potencial.

Estamos viviendo precisamente un momento difícil de interpretar. La IA está generando transformaciones sociales, políticas y económicas que debemos ser capaces de comprender al mismo tiempo que actuamos sobre ellas. La revolución digital continúa desplegándose mientras la inteligencia artificial acelera exponencialmente algunas de sus posibilidades y, simultáneamente, enfrentamos una transformación energética global asociada a energías limpias, electrificación, almacenamiento, nuevas infraestructuras y búsqueda de formas productivas más sostenibles.

No sabemos todavía cuál será la configuración definitiva que surgirá de estas transformaciones. Pero sí sabemos algo: quienes logren comprender el sentido del cambio, interpretar sus posibilidades y reconocer las características del nuevo paradigma estarán en mejores condiciones para actuar sobre él.

El dilema de las organizaciones establecidas

En The Innovator's Dilemma (1997), Clayton Christensen llegó a una conclusión complementaria desde el estudio de las empresas. Mostró una paradoja extraordinariamente interesante: organizaciones muy bien administradas pueden perder posiciones precisamente mientras continúan haciendo correctamente aquello que las hizo exitosas.

Las innovaciones disruptivas pueden comenzar atendiendo mercados pequeños, menos rentables o aparentemente poco atractivos para las organizaciones dominantes. Inicialmente, incluso pueden parecer inferiores. Pero mientras las empresas establecidas continúan optimizando sus productos, procesos y relaciones con sus clientes tradicionales, nuevos actores experimentan con modelos diferentes.

El problema, entonces, no es solamente tecnológico. Es también organizacional.

Cuando cambian las reglas del juego, seguir haciendo muy bien lo que siempre hemos hecho puede dejar de ser suficiente.

Bill Gates y la advertencia que no deberíamos ignorar

En una reciente reflexión sobre la nueva era de la inteligencia artificial, Bill Gates plantea el problema en términos particularmente fuertes: en materia de equidad, la IA podría convertirse en un extraordinario igualador o en una enorme fuente de injusticia.

La IA presenta características que pueden hacer esta transición especialmente compleja: su transversalidad y velocidad. Puede afectar simultáneamente la programación, los servicios profesionales, la manufactura, la atención al cliente, la medicina, el derecho, las finanzas y la educación, entre muchas otras actividades. Y puede hacerlo en períodos considerablemente más breves que las grandes transformaciones tecnológicas anteriores.

Gates advierte especialmente sobre los empleos iniciales e intermedios y sobre un problema que trasciende la pérdida de ingresos: el trabajo proporciona también identidad, autonomía, vínculos sociales y la sensación de mantener cierto control sobre nuestro futuro.

Su advertencia no debería conducirnos a paralizarnos frente a la tecnología. Al contrario, debería obligarnos a preguntarnos cómo queremos conducir esta transición y qué capacidades necesitamos desarrollar para hacerlo.

Destrucción creativa: el otro lado de la turbulencia

Como siempre, para comprender estos procesos vale la pena mirar hacia atrás.

Joseph Schumpeter describió el capitalismo como un proceso permanente de "destrucción creativa": las innovaciones introducen nuevas combinaciones de productos, procesos y formas de organización que transforman la estructura económica desde dentro.

En Capitalism, Socialism and Democracy (1950), Schumpeter sitúa al emprendedor en un lugar relevante dentro de esta dinámica de transformación: como un actor capaz de impulsar nuevas combinaciones y contribuir a reorganizar industrias y mercados.

En un ensayo sobre emprendimiento que escribí hace algunos años para Insight de Endeavor, sostenía que, en escenarios de cambio tecnológico, adquieren especial importancia las personas capaces de observar problemas y reconocer oportunidades donde otros simplemente ven incertidumbre.

Emprender, desde esta perspectiva, no significa exclusivamente crear una empresa. Significa desarrollar una determinada disposición frente al cambio: aprender, experimentar, colaborar, conectar conocimientos y transformar problemas en posibilidades. En aquel ensayo planteaba, precisamente, que el aprendizaje, la colaboración y la capacidad de reconocer oportunidades podían ser habilidades desarrollables y no simplemente características excepcionales de unas pocas personas.

Ahí aparece, a mi juicio, una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: debemos prepararnos rápidamente para una tecnología cuyas consecuencias todavía no comprendemos completamente.

Y probablemente no podremos hacerlo intentando anticipar cada nuevo empleo que aparecerá o identificando exactamente qué herramienta de IA tendremos que utilizar dentro de diez años.

Mirado en retrospectiva, creo que la respuesta tiene que estar en otro lugar: tenemos que desarrollar capacidades.

  • Pensamiento crítico para distinguir información de conocimiento;
  • creatividad para imaginar alternativas;
  • juicio y discernimiento para decidir cuando los algoritmos entreguen recomendaciones;
  • adaptabilidad para responder cuando cambien las condiciones;
  • colaboración para conectar conocimientos que ninguna persona posee individualmente;
  • y capacidad emprendedora para reconocer oportunidades en medio de la incertidumbre.

Nunca es demasiado tarde para comenzar a desarrollarlas. Y, sin duda, soy de quienes creen que los grandes cambios constituyen también grandes ventanas de oportunidad.

La perspectiva de Carlota Pérez permite observar este momento con una interesante combinación de cautela y optimismo. Las grandes revoluciones tecnológicas anteriores también provocaron desequilibrios, conflictos y períodos de enorme incertidumbre. Su potencial productivo no apareció automáticamente: requirió nuevas empresas, nuevas capacidades, nuevas instituciones y nuevas reglas.

¿Qué podremos hacer con ella que hasta ahora no podíamos hacer?

Y las instituciones también tendrán que aprender

Quizás aquí exista una última lección especialmente relevante para quienes trabajamos en educación superior.

La evolución del sistema chileno muestra que las instituciones cambian porque cambia la sociedad. La transición democrática, el crecimiento económico, la expansión de las clases medias, la globalización, las movilizaciones sociales, los cambios tecnológicos y las transformaciones demográficas fueron modificando progresivamente aquello que la sociedad esperaba de universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica.

En poco más de cuatro décadas, la educación superior chilena pasó de 189 mil estudiantes en 1984 a más de 1,45 millones en 2025. No fue simplemente un crecimiento cuantitativo: significó transitar desde un sistema relativamente restringido y orientado a las élites hacia uno masificado, con una presencia mucho mayor de las clases medias y de grupos que históricamente habían tenido menores posibilidades de acceder a la educación superior.

Con el tiempo, aquella expansión produjo nuevas tensiones y exigió también un reacomodo institucional. El sistema avanzó hacia una mayor regulación y participación del Estado, desarrolló mecanismos de aseguramiento de la calidad y sistemas de información, incorporó estándares más exigentes y comenzó a reconocer una educación superior crecientemente compleja, donde junto con la docencia adquieren relevancia la investigación, la vinculación con el medio, la creación y la innovación.

La analogía con el momento actual no es perfecta, pero resulta sugerente. Primero cambian las condiciones; luego las instituciones intentan comprenderlas, adaptarse y construir nuevas respuestas. Hoy la inteligencia artificial vuelve a tensionar ese equilibrio, pero esta vez a una velocidad probablemente mucho mayor.

Por eso, el desafío de la educación superior no puede limitarse a incorporar IA en las aulas o enseñar a utilizar nuevas herramientas. Es más profundo: supone preguntarnos qué capacidades necesitarán las personas para desenvolverse en una economía que cambia aceleradamente y qué transformaciones deberán realizar nuestras propias instituciones para seguir siendo pertinentes.

Si la historia del sistema chileno nos ha enseñado algo, es que la educación superior ha sido capaz de transformarse cuando la sociedad ha cambiado. La pregunta que abre esta nueva ola tecnológica es si esta vez lograremos hacerlo con la velocidad suficiente para no limitarnos a reaccionar al cambio, sino para formar personas capaces de comprenderlo, conducirlo y transformar sus oportunidades en progreso.

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