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Tendencias 8 sep 2026 9 min de lectura

La transformación no necesita solamente tecnología: necesita personas capaces de hacerla posible

Si realmente queremos aprovechar el cambio tecnológico, debemos prestar atención no solo a las herramientas que incorporamos, sino a las personas, equipos y capacidades organizacionales que las hacen posibles.

Diversas personas colaborando en torno a una idea central, con elementos de organización, conexión y transformación

Si realmente queremos ver el impacto del nuevo cambio tecnológico que estamos viviendo, no solamente debemos prestar atención a las herramientas que incorporamos, sino sobre todo a la forma en que trabajamos, conformamos equipos, redefinimos nuestros propósitos estratégicos y generamos valor para las personas: clientes, proveedores, nuestra organización y la sociedad. La gran oportunidad está en ser capaces de alinear estratégicamente tecnología, personas y capacidades organizacionales, para diferenciarnos en escenarios de alta incertidumbre y competencia global. Esta mirada nos obliga a ampliar el foco que muchas veces parece estar puesto solo en la incorporación de nuevas herramientas, plataformas o sistemas.

Quienes trabajamos en organizaciones, estamos permanentemente pensando en cómo hacerlas más eficientes, dinámicas, e impulsar mejoras continuas e innovaciones que agreguen valor. No obstante, ese es justamente el punto donde nos damos cuenta que la tecnología por sí sola no es suficiente. Resulta que muchas veces una tecnología puede estar disponible sin que la organización haya desarrollado efectivamente nuevas capacidades para aprovechar la ventana de oportunidades que esa tecnología impulsa. Entonces, es ahí cuando nos damos cuenta que la transformación comienza cuando el cambio tecnológico empieza a verse acompañado de nuevas formas de hacer las cosas: la manera en que los equipos trabajan, toman decisiones, colaboran y generan valor.

Esta diferencia resulta especialmente relevante en un escenario donde las organizaciones enfrentan simultáneamente múltiples fuentes de incertidumbre: la inteligencia artificial, la automatización, los datos y la digitalización están modificando procesos y modelos de negocio, pero también están cambiando las expectativas de clientes, trabajadores y comunidades. La pregunta estratégica es qué tipo de organización necesitamos constituir para aprovechar el cambio tecnológico que está ocurriendo. En este contexto, la estrategia de océanos azules ofrece una perspectiva interesante, cuando propone ir más allá de encontrar un espacio donde existe menos competencia, sino que sobre todo cuestionar las fronteras tradicionales de hacer las cosas y buscar nuevas formas de crear valor. En escenarios de transformación tecnológica, esta idea adquiere especial relevancia porque muchas tecnologías terminan estando disponibles para múltiples organizaciones y, por lo tanto, dejan de constituir por sí mismas una fuente sostenible de diferenciación.

La verdadera oportunidad aparece cuando una organización es capaz de combinar recursos, conocimiento, tecnología y talento de una manera que genere una propuesta de valor difícil de replicar. La tecnología puede estar disponible para todos, pero no todos poseen la misma capacidad para interpretar las necesidades de sus clientes, conectar conocimientos, experimentar, tomar decisiones y transformar rápidamente lo aprendido en nuevas formas de actuar.

Esta perspectiva requiere que cambiemos la manera en que entendemos la gestión de talento de las personas y cómo éstas se conjugan con las capacidades organizacionales, de modo que faciliten mejores decisiones, sobre aquello que genera valor, diferenciación, mejora continua.

El mundo del trabajo también está cambiando

El reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo, Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2026: Regreso al futuro, entrega señales preocupantes sobre la recuperación del empleo juvenil posterior a la pandemia, dado que se ha estancado y la tasa mundial de desempleo de los jóvenes entre 15 y 24 años alcanzó el 12,4% en 2025, equivalente a 67 millones de jóvenes desempleados. Al mismo tiempo, la proporción de jóvenes que no estudian, no trabajan ni reciben formación aumentó hasta el 20%.

El fenómeno es especialmente relevante porque no parece explicarse únicamente por una crisis económica. La OIT advierte que el crecimiento económico continúa siendo positivo, aunque moderado, mientras aumentan entre los jóvenes las preocupaciones respecto de la sustitución de empleos por tecnología y de las dificultades para alcanzar estabilidad laboral y de ingresos. La transición desde la educación hacia un trabajo decente se está volviendo más compleja en distintas regiones del mundo. El informe estima que un 6,1% de los puestos ocupados actualmente por jóvenes de 15 a 29 años se encuentra en categorías altamente expuestos a la IA. Al mismo tiempo, señala que las ocupaciones altamente cualificadas y basadas en conocimiento, como ciencia, ingeniería, salud y tecnologías de información y comunicaciones, han mostrado mejores resultados laborales.

Estos datos son importantes, pero creo que sería un error construir desde ellos una narrativa pesimista. La incertidumbre no debería llevarnos a preparar a las personas para un futuro más pequeño, sino a desarrollar capacidades para participar activamente en uno que todavía está abierto y que es altamente desafiante. La propia OIT plantea la necesidad de combinar competencias técnicas con capacidades sociales y cognitivas, fortalecer el aprendizaje permanente y avanzar hacia una gobernanza de la inteligencia artificial centrada en las personas.

Ahí radica la real oportunidad de la transformación, ya que si las tecnologías están transformando el contenido de los trabajos, también podemos transformar la manera en que preparamos a las personas para esos trabajos. Si las trayectorias profesionales serán menos predecibles, podemos desarrollar mejores capacidades para tomar decisiones, aprender continuamente y adaptarnos. Y si las organizaciones necesitan nuevas combinaciones de conocimiento, podemos comenzar a formar personas capaces de construir esas conexiones.

La pregunta ya no puede ser solamente qué carrera estudiar

Durante mucho tiempo, la orientación profesional estuvo organizada alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué carrera debería estudiar un joven que ingresa a la educación superior? Desde el punto de vista de las organizaciones, existía una pregunta complementaria: ¿qué profesión necesito contratar para ocupar determinado cargo? Ambas preguntas siguen teniendo sentido, pero resultan insuficientes cuando las tecnologías y las formas de trabajar cambian con tanta velocidad.

Una persona puede estudiar una carrera y desarrollar posteriormente una trayectoria profesional completamente diferente de aquella que imaginaba al comenzar sus estudios, y puede cambiar de industria, combinar disciplinas, incorporar nuevas tecnologías o terminar trabajando en problemas que ni siquiera existían cuando tomó su primera decisión profesional. En ese contexto, intentar predecir exactamente qué profesión tendrá mayor demanda dentro de diez o veinte años es una estrategia cada vez más frágil, dado que el cambio tecnológico es radical y recién comienza. Lo cierto es que conectar intereses, habilidades y oportunidades profesionales adquiere una importancia creciente, ya que no se trata de abandonar la pregunta sobre qué estudiar, sino de complementar con una pregunta más profunda: ¿qué capacidades necesitarán para trabajar en organizaciones que están cambiando sus reglas de juego?

La respuesta no parece estar en construir una nueva lista de habilidades, sino que resulta más relevante desarrollar la capacidad de combinar conocimientos y utilizarlos en contextos nuevos. La empleabilidad futura tendrá, probablemente, menos relación con acumular capacidades de manera aislada y más con la posibilidad de integrarlas para generar valor. Por lo tanto, construir una carrera profesional ya no significa necesariamente avanzar por una ruta predeterminada, acumulando títulos y cargos de manera lineal, sino desarrollar una capacidad creciente de adaptarse cuando las circunstancias cambian.

Personas capaces de hacer posible la transformación

Aquí se produce el encuentro entre las trayectorias individuales y las transformaciones organizacionales. Una organización puede necesitar innovar, simplificar procesos, mejorar la experiencia de sus clientes, incorporar inteligencia artificial o desarrollar nuevos modelos de negocio. Pero ninguna de esas transformaciones ocurre de manera automática, sino que, como hemos dicho más arriba, son necesarias personas capaces de conectar conocimiento, tecnología, propósito y ejecución. Necesita profesionales capaces de moverse entre distintas disciplinas y comprender problemas desde perspectivas diferentes. En definitiva, necesita algo que va mucho más allá de una determinada profesión. Necesita capacidades que puedan desplegarse en escenarios que todavía no conocemos completamente. Y eso transforma profundamente la conversación sobre talento, empleabilidad y educación.

La organización que logre captar el valor de la transformación no será necesariamente aquella que tenga más tecnología, sino aquella que consiga integrar mejor su tecnología con las capacidades de las personas que forman parte de ella. La diferencia competitiva estará cada vez más relacionada con la velocidad con que una organización puede aprender, coordinar conocimiento, tomar decisiones y transformar ese aprendizaje en acción.

Construir trayectorias para un mundo que todavía no existe

La OIT nos advierte que las transiciones laborales de los jóvenes se están volviendo más turbulentas y que necesitamos políticas y enfoques audaces y adaptables. Pero su diagnóstico también contiene una invitación a mirar hacia adelante: fortalecer la educación, el aprendizaje permanente, las capacidades técnicas y sociales, los servicios de empleo y las instituciones que acompañan las trayectorias.

Creo que esa invitación debe ser profundamente optimista. No porque debamos desconocer las dificultades, sino porque el futuro todavía no está definido. Las transformaciones tecnológicas no solamente destruyen formas de hacer las cosas; también abren espacios para nuevos productos, servicios, profesiones, modelos de colaboración y maneras de resolver problemas.

Quizás por eso elegir una trayectoria profesional nunca fue solamente elegir una profesión. Es también decidir qué problemas nos interesa comprender, qué conocimientos queremos desarrollar y qué capacidades queremos cultivar para seguir aportando cuando esos problemas cambien.

Como hemos dicho, la transformación no necesita solamente tecnología, sino que necesita personas capaces de hacer posible una transformación con valor. Probablemente una de las mayores oportunidades de nuestra época sea precisamente esa: conectar mejor intereses, habilidades y oportunidades, para que más personas puedan encontrar no solamente un trabajo, sino una trayectoria desde la cual aprender, aportar y crear valor en un mundo que todavía estamos construyendo.

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